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Como capital que es, Madrid alberga con estilo todo lo típicamente español, en cualquier ámbito imaginable, y al tiempo se erige como un soberbio punto de encuentro entre nacionalidades y culturas de mil y un rincones del mundo.
Madrid es para los niños que buscan la pura diversión, para los jóvenes que viajan solos o acompañados, para los menos jóvenes que disfrutan con las urbes eternas, para los más entrados en años en busca de viejas y nuevas sensaciones. Las visitas obligadas no podrían contarse con los dedos de dos manos; vale la pena reservar un puñado de días para recrearse con cada descubrimiento, con cada paso dado sobre las grandes arterias -la calle Princesa, la Gran Vía, el Paseo del Prado o la Castellana-, o bien sobre los vecindarios con encanto que siguen haciendo de la capital un pueblo grande, como el señorial Madrid de los Austrias, el barrio de las letras, los eclécticos Lavapiés y Malasaña, o el clásico Chamberí.
Cualquier estación es ideal para acercarse a ella o vivirla largo tiempo; si en invierno se disfruta profundamente al recorrer las callejuelas del centro antiguo, en verano es un placer acudir al parque del Retiro y encontrarlo en todo su esplendor, bullicioso y palpitante, como un pequeño universo. Pero sería ingenuo sugerir que Madrid desmerece en alguna época del año, pues no podría decirse nada más desacertado: la solemnidad y valor histórico de puntos neurálgicos como la bella Plaza de Oriente, la Mayor o la Puerta del Sol son eternamente innegables. Desde ésta última brotan algunas de las calles más míticas -Preciados, Alcalá, Arenal- acertados caminos para alcanzar, por ejemplo, la Milla de Oro en el barrio de Salamanca o el Paseo de Las Artes y sus imponentes museos.
A ningún ser sobre el suelo de la capital le pasa desapercibida la agitada noche madrileña, repleta de actividad y personajes novelescos que le dan a la ciudad un perfil literario de gran valor. Es complicado diferenciarla del día en la medida que la oferta cultural y gastronómica se mantiene intacta, como si el paso de las horas fuera algo inocuo. Qué decir de los teatros, los cines antiguos, las tabernas históricas, la salas de mil músicas en vivo, los comercios más genuinos... A Madrid nunca se viene sólo una vez, y en caso de no regresar con el cuerpo y las maletas, siempre se vuelve con el corazón.