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Las estancias en Salamanca, ya duren un día o un año, se componen de momentos duraderos en la memoria y fugaces en el tiempo, si acaso alguien puede asegurar lo contrario. Y es que las horas parecen transcurrir mucho más apresuradamente en este magnífico rincón de la Castilla septentrional, donde lo clásico hace buenas migas con lo actual y los ambientes cosmopolitas.
Como sucede en muchas otras ciudades de esta comunidad autónoma, lo más pintoresco y sabroso es el casco histórico, centro y vértice de referencia en la urbe. Desde allí, cualquier camino es válido para a ir a dar con algún edificio o barrio mítico; brillan con luz propia la majestuosa universidad, famosa por ser la más antigua de España, y la Plaza Mayor de la ciudad, de aspecto formidable cuando se somete al sol veraniego, pero es mucho más lo que se encuentra uno en Salamanca, la Ciudad Dorada, merecidamente reconocida como patrimonio de la humanidad: dos catedrales -la vieja y la nueva-, la curiosa Casa de las conchas, la torre del clavero, la fonda de veracruz, el convento de San Esteban, las Escuelas Mayores... Sólo algunos ejemplos entre el sinfín de iglesias, patios, colegios, palacios y edificaciones que pueblan Salamanca y la elevan a la categoría de lugar emblemático.
El río Tormes, que otorga un punto de elegancia al conjunto, despista con su mansedumbre; en las arterias salmantinas todo vibra y palpita, hay una atmósfera efervescente llena de actividad y charlas en cien idiomas que fascina a nuestros estudiantes extranjeros y españoles por igual. Descubrir Salamanca por primera vez es una experiencia sin precio ni parangón, si bien es cierto que la ilusión del recién llegado nunca llega a perderse. Las noches salmantinas, sean de la estación que sean, se viven y ocupan con idéntica intensidad; ni siquiera tras la caída del sol deja de correr el tiempo con esa velocidad insólita, pues la oferta de ocio nocturno -una de las culpables de dicha prisa cronológica- es tan abultada y sugerente que la opción de irse a dormir y perderse algo queda descartada de antemano. Pero incluso el sueño, que por condición humana acaba aflorando, sabe mejor cuando se padece en la mágica Salamanca.