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Todavía se refieren a ella como Capital del Turia, a pesar de que dicho río fue casi desterrado del cauce urbano tras castigar a los habitantes con tremendas riadas y crecidas. Tal vez gracias al efecto de estos desbordamientos se ganó su segundo apodo, el de Ciudad de las flores, por las infinitas zonas verdes y ajardinadas que posee desde la época árabe. No obstante, sin ánimo de contradecir su sobrenombre, debe reconcoerse que Valencia es mucho más que naturaleza; alberga con orgullo portentosas piezas arquitectónicas, una gastronomía de fama mundial, fiestas populares únicas y un clima suave como pocas ciudades tienen.
Aunque la primavera es uno de las épocas de mayor afluencia, gracias al buen tiempo y sobre todo a las míticas Fallas, Valencia goza durante todo el año de la presencia de miles de visitantes nacionales y extranjeros. En verano, el sol mediterráneo embellece y abrillanta sus calles con elegancia, hace que la vegetación omnipresente adopte un verde casi de piedra preciosa; en invierno y otoño, por su parte, los árboles caducifolios bañan las superficies con un tono cobrizo, mientras las largas noches perpetuan la iluminación portentosa de los edificios. Ninguno de ellos se cansa de recibir invitados: la famosa Lonja de la Seda, el Mercado Central, las iglesias o torres heredadas de tantas culturas -la romana, la árabe, la visigótica...-, un formidable contraste con la arquitectura más vanguardista presente en Valencia, cuyos máximos estandartes son los edificios de la grandilocuente Ciudad de las Artes y las Ciencias, un lugar excepcional en el que invertir las horas.
Además de poder alimentarse culturalmente de un modo soberbio, es posible hacerlo gastronómicamente gracias a las incontables perlas de la cocina mediterránea que se sirven en Valencia, día sí y día también: la paella y sus cien variantes, a cada cual mejor, los arroces al horno o a banda, la fideuá, la deliciosa y mítica horchata, el zumo exprimido de las naranjas autóctonas o el refrescante cóctel conocido como Agua de Valencia, que se obtiene mezclando el jugo de éstas con cava.
Valencia es una ciudad vivaz, bulliciosa, entregada al movimiento; las magníficas playas siempre albergan bañistas y amantes del astro rey, o cuanto menos de la arena, si el tiempo no invita a probar la temperatura del agua. En las épocas festivas, como Las Fallas o la Noche de San Juan, se aprecia una dulce agitación, en los cafés y las terrazas, el paseo marítimo, las plazoletas o los jardines encendidos. La pasión con que los valencianos se entregan a sus celebraciones no entiende de horarios, y así tanto las noches como los días son un buen momento para dejarse atrapar por el abrazo reconfortante de la ciudad.